¿NO TEME JACOBO A DIOS EN VANO?

¿NO TEME JACOBO A DIOS EN VANO?

Mateo tenía un macho. Una abominación. Un ser que era el fruto de dos especies diferentes, una yegua y un burro. Mateo recibía personas en su casa a las que sobaba cuando tenían dolencias en los huesos, a las que les recetaba hierbas desconocidas para que sanaran de los adentros, a las que les decía qué animales ofrecerles a los seres de nombres que solo él podía pronunciar para que obtuvieran lo que quisieran de otras personas: caprichos, dinero, amor, dolor.

Y Mateo platicaba con el macho. Por las noches. Cuando creía que nadie lo veía. Cuando la fila afuera de su casa se terminaba y los creyentes se iban a casa con sus ungüentos, con sus infusiones, con sus amarres, Mateo salía al corral detrás de su casucha y hablaba con el macho. Y el macho hablaba con él. El macho contestaba cuando sabía que nadie los vería. Cuando sabía que nadie, más que Mateo, escucharía. Pero Jacobo los veía. Y Jacobo los escuchaba.

“¿Por qué quieres ir con nosotros al “estudio”, Jacobo?” -Le preguntó Aureliano al joven. “Porque mi papá es malo. Porque no quiero ser como él”. -respondió. Y eso fue suficiente. 

Omar y Jacobo iban juntos en la secundaria y no pasó mucho tiempo para que Jacobo le confiara a su único amigo el deseo de tener una educación espiritual convencional. “Son muy estrictos” -había advertido Omar. “Y la verdad no sé si puedas ir tú solo, a donde voy con mis papás siempre van familias enteras”. “¿Le puedes preguntar a tu papá si puedo ir con ustedes?”. Y eso fue suficiente.

Al siguiente domingo fueron todos juntos al “estudio”, como lo llamaban. No era un templo como tal, ellos lo llamaban “Salón del Reino” y por “estudio” se referían al estudio de la Biblia, no al lugar en sí, el cual no era más que un bodegón en el patio lateral de la casa del Hermano Josué que a su vez era quien dirigía esa congregación. Y leyeron la Biblia. Y luego salieron a la calle a predicar lo que acababan de leer. Casa por casa. Esperando que la gente abriera para entregarles El Atalaya. Haciendo como que no habían visto que los ocupantes se asomaban por la ventana para, luego de sisear, esconderse torpemente para hacer como que no había nadie. Muy pocos abrían la puerta. Muy pocos escuchaban. Pero nada de eso importaba. Jacobo sabía que estaban haciendo algo bueno y gustoso seguía a la familia que todos los domingos lo adoptaba para ir de casa en casa compartiendo la palabra de Jehová Dios.

Por las tardes regresaba a su casucha. Por las tardes tenía que ayudarle a su papá y a su hermana Cecilia a organizar la fila, a limpiar el cuarto de las consultas, a separar y ordenar las hierbas y ungüentos, y a hacer la cosa que, a sus 12 años, más miedo le provocaba en el mundo entero: alimentar al macho.

El macho comía por las tardes, cuando el sol empezaba a bajar. Jacobo le preparaba una mezcla de alfalfa con sorgo y trigo a la que había que agregarle un poco de agua para que no estuviera seca y, si papá se lo pedía, miel de abeja. La mezcla se hacía en la misma cubeta de madera gruesa y curtida en la que el macho comía. Y el macho miraba a Jacobo a los ojos cuando lo alimentaba. Y Jacobo sabía que el macho lo estaba vigilando. Los ojos saltados, oscuros y sin fondo del macho lo veían hasta muy adentro. “Yo sé que me escuchas en las noches, Jacobo. Yo sé que sabes”. Le decían a Jacobo esos abismos de ojos sin tener que decirle nada. Y Jacobo se moría de miedo. Y su familia buena de los domingos estaba muy lejos para poder hacer algo. 

Jacobo le dejaba la cubeta con comida en el suelo y corría hasta la casa. Sintiendo los ojos del macho en donde nace el pelo de la nuca. “Yo sé que sabes, Jacobo”.

“¿Donde estuviste toda la mañana, Jacobo?” -Le preguntó Mateo un buen día. “En casa de Omar, papá, jugando videojuegos”. “¿Y para eso te fuiste tan bañadito?”. No había respuesta que bastara. Pero no fue necesaria. “Nada más que no se te pase llegar a tiempo para ayudarle a tu hermana a recoger aquí y alimentar a los animales”. Y eso fue suficiente.

Papá nunca salía a la calle. Papá nunca se iba a enterar que su hijo estudiaba la Biblia los domingos en el Salón del Reino que comandaba el Hermano Josué, lejos de él y de su hermana. Papá nunca se iba a enterar que su hijo, luego de estudiar la Biblia, salía a la calle a predicar la palabra de Jehová, de la mano de otra familia como si fuera la suya. “Yo sé que sabes, Jacobo”.

Entre semana todo era igual. Llegar de la escuela, terminar sus tareas. Ayudarle a Cecilia a recoger la mesa después de comer y limpiar todo para cuando empezaran a llegar los pacientes. Los creyentes. “Los miembros de la congregación malsana que comandaba su papá”, como le había dicho el Hermano Josué una vez. 

En ocasiones Cecilia y Jacobo preparaban los “medios” que su papá les daba a sus pacientes para cumplir sus deseos. Lo más sencillo era atar ramas secas con listones de colores. Pero había ocasiones en que se debían hervir mezclas de polvos, plantas y animales. Había ocasiones en que había que llenar frascos con tierra, excremento y carne o flujos humanos. Había ocasiones en que había que ir a la parte menos frecuentada del mercado a comprar velas y colibríes vivos para luego abrirlos por el centro, eviscerarlos y rellenarlos con uñas y vello púbico.

Las sesiones se llevaban a cabo en un cuartito enseguida de la cocina, separado de ésta solo por una tela roja de satín oscuro. El cuarto no tenía nada, ni una ventana, salvo un pequeño altar, al fondo, en su parte más angosta. El altar estaba sobre unos cajones de madera gruesa y ennegrecida por el cebo que chorreaba de las velas y el humo de las limpias. Arriba del altar. Entre listones, frascos con líquidos turbios y plantas secas estaban algunas fotos pero sobresalía una de Aurora, la mamá de Jacobo y Cecilia. Aurora miraba al frente, desafiante pero, en un extraño modo, gentil. Estaba sentada en una silla de madera de respaldo alto coronada por dos patas de león en cada costado que Jacobo veía todos los días al frente de ese mismo altar y donde Mateo se sentaba a escuchar los males que aquejaban a sus clientes. Un único detalle, si es que era necesario, hacía perturbadora la foto de Aurora. En su regazo, apoyada sobre su pierna izquierda estaba una lechuza que también miraba al frente, amenazante y gentil como su dueña. Y el detalle es que esa misma lechuza, disecada sobre un tronco, con las alas abiertas en posición de ataque, cuidaba desde arriba el altar en la habitación.

Las semanas pasaban tranquilas y los domingos, después de escuchar la palabra de Jehová Dios, Jacobo predicaba en las calles diciendo a la gente que Dios les hablaba todos los días y que solo hacía falta querer escucharle para recibirlo en su corazón. Mintiéndole a la gente. Porque a él Dios nunca le había hablado. 

Pero un domingo, Dios lo miró a los ojos y le habló. El Hermano Josué leyó sobre Job, un hombre perfecto, bueno y temeroso de Dios. Quien había prosperado por la gracia del creador. Un buen día, Satanás le dice a Jehová: “Pero extiende ahora tu mano y toca todo lo que tiene, y verás si no blasfema contra ti en tu misma presencia”. Y Dios manda a Satanás sobre Job. “He aquí, todo lo que tiene está en tu mano; solamente no pongas tu mano sobre él”. Y Satanás acude al llamado y, con el permiso de Dios, destruye todo cuanto Job posee.

“¿No teme Job a Dios en vano?” -Preguntó Satanás, tentando a Dios, y Dios nunca quiere perder.

Pero Job nunca blasfema. Job nunca reniega de su destino. Job pierde todo pero jamás pierde a su Dios. Satanás gana, aunque pierda todo, porque nunca tuvo nada. Y Jacobo no tenía nada, más que a su Dios. En el Salón del Reino, Jacobo le había pedido con todas sus fuerzas a Dios que le hablara. Y Dios le había hablado.

Ese domingo Jacobo llegó a su casa y limpió la mesa después de comer. Preparó el cuartito de las consultas e hizo los ataditos de ramas que le pidió su papá. La fila de creyentes amainó con el caer de la tarde y Cecilia se disculpó porque tenía un compromiso y se fue. Jacobo se quedó solo para limpiar el negocio mientras papá se daba una larga ducha. Nadie lo vigilaba. Nadie vio como Jacobo tomó un punzón de la caja oxidada de herramientas que guardaba su papá bajo el lavabo de la cocina y se lo escondió en la bolsa trasera del pantalón. Nadie vio como Jacobo preparó la cubeta del macho con la comida. Alfalfa, sorgo, trigo y miel. 

“¿Hoy no te quedas a jugar?”, -le había preguntado Bertha, la mamá de Omar, hacía apenas unas horas, “les preparé palomitas”. “Muchas gracias, Señora, pero tengo que llegar a la casa porque mi hermana va a salir”. “Bueno, que Dios te bendiga, hijo”. Hijo. Jacobo no recordaba que una mujer le hubiera llamado hijo en toda su vida. 

Salió al corral cargando la cubeta de madera. Dentro de la casa se escuchaba la regadera y por la ventanita del baño que daba al corral se veía la luz encendida y el vapor condensado que se acumulaba en el cristal. El macho lo vio venir, se acercó a la valla y asomó la cabeza por entre dos troncos, justo en la parte donde la valla se hacía más ancha. El ambiente olía a campo. A pesar de estar dentro de una colonia relativamente cerca de la ciudad. Las calles eran anchas y terrosas y la gente alrededor tenía grandes extensiones de terreno con animales de granja. El aire olía a excremento de vaca. A leche recién ordeñada. A polvo. A calor de abril. 

Jacobo cargaba la cubeta por la larga asa metálica de alambre grueso y brilloso por el uso. La puso frente al macho y se agachó para mirarlo de frente. El macho lo miró con sus ojos de cueva. Juzgándolo. Se miraron uno al otro. “Yo sé que sabes, lo sé”.

El macho esperó, luego agachó el hocico y lo metió dentro de la cubeta al momento justo en que Jacobo levantaba el asa metálica y se la pasaba hasta la nuca, haciéndole un repentino bozal de madera. Antes de que el macho, desconcertado, pudiera echarse para atrás, Jacobo pisó la cubeta y su pie resbaló dentro, enseguida del hocico del animal que no pudo incorporarse y bajó la cabeza forzado por el peso de Jacobo quien para ese momento ya había sacado el punzón de la bolsa trasera de su pantalón, lo apuntó al ojo derecho del macho y en un solo movimiento, con ambas manos, lo hundió limpiamente en él. El ojo se reventó como una uva y sus jugos salpicaron las manos y antebrazos de Jacobo.

El punzón fue suficiente. El macho gimió como nunca antes Jacobo lo había escuchado gemir. Dentro de la casa se escuchó un golpe y trastes que cayeron al piso pero Jacobo no podía voltear, no debía voltear, era demasiado tarde para detenerse. Jacobo mantuvo el pie dentro de la cubeta para evitar que el macho levantara la cabeza y con toda la fuerza de su peso hundió más el punzón en el abismo negro y profundo que dejó de juzgarlo y que ahora le salpicaba el rostro de sangre y viscosidades. El macho gritaba e intentaba moverse hacia los lados pero ya no gobernaba todos sus movimientos, el metal había llegado al cerebro. Jacobo escuchó que algo detrás de él caía al suelo pero no estaba seguro. No podía distraerse. No podía voltear ahora. Los movimientos del macho ya no eran coordinados. Sus patadas eran viles espasmos. La sangre empezó a llenar la cubeta y el olor de la miel con los granos se tornó ácido y metálico. El macho bufaba y poco a poco cedía sobre su cabeza. Jacobo tenía el rostro y los brazos llenos de sangre y el pie hundido en la cubeta. El macho empezó a manar sangre por la nariz y a cada bufido una brisa rojiza y tibia, iluminada por la última luz del atardecer, llegaba hasta los ojos de Jacobo que también resoplaba como si hubiera corrido un maratón. Las uñas de sus manos se le clavaban en las muñecas pero no podía saberse cuando empezaba su sangre y cuando terminaba la del macho.

Las patas delanteras del macho se endurecieron un momento, como temblando, como anunciando, como negando todo lo que estaba pasando. Quedaron duras como estacas. Fue solo un instante. El ojo que le quedaba bueno miró de lleno a Jacobo. Amenazando. “Yo sé que sabes”. Pareció que se levantaba, pareció que no estaba herido de muerte, pareció que iba a elevar una de sus patas delanteras y la dejaría caer sobre la cubeta y el pie ensangrentado de Jacobo, atrapándolo para siempre, liberando la cabeza de la agarradera metálica para luego abrir el hocico, gigante, antinatural y engullir la cabeza entera de Jacobo para arrancársela de un solo tajo. Pero no. Las patas delanteras del macho se doblaron y se hicieron de cartón. Una de sus rodillas se venció hacia atrás por el peso de ambos. Quizás algo se rompió dentro. Y Jacobo cayó sobre la valla que se venció y terminó sobre el cuerpo muerto del macho todavía empuñando, dentro del ojo, el punzón que le llegó hasta el cerebro.

El animal aún respiraba pero los resoplidos no duraron mucho. Jacobo se incorporó apoyándose en el lomo del macho que aun estaba tibio. El animal, ya sin fuerzas, emitió un último gemido, casi inaudible y expiró. Jacobo, sin dejar de verlo, dio unos pasos hacia atrás. No sacó el punzón de la cabeza del macho por descuido, por miedo o por precaución. Siguió caminando de espaldas, esperando. Caminaba sin hacer ruido con temor a despertarlo. Con temor a despertar y descubrir que todo había sido un sueño. Un paso. Dos pasos. El resplandor del atardecer pintó toda la tierra de naranja. Ya no se alcanzaba a distinguir la sangre de la tierra. Jacobo tropezó con algo y fue entonces que volteó hacia atrás.

En el piso estaba tirado Mateo, boca abajo, desnudo, con gotas de agua y restos de jabón por toda la espalda. Con una mueca en rictus, horrible. Las manos tensadas y contraídas. Una a un costado de su propio cuerpo, la otra, como queriendo cubrirse la cabeza, queriendo alcanzar su ojo derecho. Mateo estaba muerto sobre la tierra naranja del atardecer. Con sus ojos negros, desorbitados y congelados para siempre en el dolor y el miedo, mirando a la nada. Jacobo lo miró directo a los ojos. “Yo sé que sabes”. Uno de ellos estaba seco, apagado, como marchito desde dentro, como la envoltura de un dulce podrido que alguien olvidó por años en el fondo de la alacena. Y Jacobo supo. Y eso fue suficiente.

Una ambulancia se llevó el cuerpo de Mateo y lo regresó al día siguiente para que lo velaran en el cuartito de las consultas, bajo la lechuza y la foto de su madre. “Murió igualito que Aurorita, del corazón” -aventuró una vecina. “Pero por lo menos ella murió mientras dormía”. “Tu eras un bebé y no te acuerdas, pero ella era muy buena en lo que hacía, yo digo que hasta más buena que tu papá, me curó la gota y me consiguió marido”.

Al día siguiente cremaron a Mateo. Sus cenizas regresaron en una bolsa gruesa de plástico transparente y opaco como su ojo muerto. En una cajita cuadrada de cartón. Jacobo no sabía qué hacer con ellas y cerca del atardecer salió al patio para esparcirlas sobre la fosa séptica donde habían aventado al macho y él y su hermana le habían echado cal. “Para que sigan platicando” -pensó, mientras se disponía a abrir la bolsa y esparcir las cenizas de su padre sobre cadáver del mulo y la mierda donde éste descansaba. Un alboroto en el gallinero lo detuvo. Giró rápido y corrió hacia él.

Dentro del gallinero había un coyote mediano devorando una de las gallinas. Mientras el resto del gallinero volaba en todas direcciones queriendo escapar de compartir la misma suerte. Era difícil ubicar al asesino ya que el alboroto y la penumbra nublaban toda visión. Jacobo dejó caer la bolsa con las cenizas de Mateo en el piso del corral y tomó un viejo bate de béisbol que descansaba sobre la pared del gallinero. Abrió la puerta de madera y malla y entró. Algunas gallinas volaron despavoridas. El coyote miró a Jacobo a los ojos y sin soltar a su presa gruñó. Jacobo blandió el bate y a punto estaba de descargarlo cuando el coyote soltó a la gallina para lanzarse con todo sobre Jacobo. Demasiado tarde. El bate bajó rápido y le partió el cráneo salpicando de sangre y sesos las manos de Jacobo. El gruñido del ataque se interrumpió de pronto por el chasquido de los huesos y el llanto final del coyote que cayó al suelo temblando en pequeños estertores que duraron apenas unos segundos. 

Las gallinas que quedaban dentro seguían volando nerviosas hacia todas partes. Por la puerta abierta algunas más escapaban hacia el corral. Jacobo se acercó al coyote aún empuñando el bate y le tocó el hocico con éste. Estaba muerto. Tiró el bate y con un pie tocó la panza del cánido. Nada. Se agachó para tomarlo de las patas traseras y llevarlo a la fosa séptica cuando escuchó un chillido a su derecha, entre la oscuridad de las rejas donde estaban los nidos de las gallinas. Tomó el bate con rapidez y lo empuñó en defensa hacia donde provenía el ruido. El chillido se escuchó de nuevo y por fin lo pudo ver. Un cachorro de coyote estaba escondido entre los nidos de las gallinas. Asustado y atrapado. Mirando fijo al humano que acababa de partirle el cráneo a su mamá.

El cachorro era demasiado pequeño para representar una amenaza. Jacobo bajó el bate y lo llamó. El cachorro gruñó y lloró. Jacobo se sentó cruzado de piernas y lo llamó de nuevo. El animal emitió un leve chillido, casi tímido, como preguntando. Ambos se miraban a los ojos. El cachorro olfateaba el aire sabiendo que su madre seguía ahí pero sin lograr ubicarla. Seguramente también olfateaba la sangre de la gallina en el aire y la de su madre sobre las manos de Jacobo. 

Jacobo empezó a sentir que se le revolvía el estómago con el remordimiento. “Hijo”. El pequeño coyote terminó de salir de la protección de los nidos y llegó hasta las piernas de Jacobo. Olfateó y puso una pata sobre su rodilla izquierda. Jacobo le acercó la mano ensangrentada y el coyote lamió la sangre de su madre. Luego, con cuidado pasó su otra mano sobre el lomo del animal que al principio intentó replegarse pero, sin dejar de lamer la sangre, se dejó acariciar. 

Jacobo tomó al coyote con ambas manos y lo puso sobre su regazo. El Coyote siguió lamiéndole la sangre de entre los dedos hasta que casi no quedó nada que lamer y se detuvo. Sin intentar escapar miró hacia arriba y de nuevo sus ojos se encontraron. Los ojos amarillos del coyote miraron profundo dentro de Jacobo. “Yo sé que sabes, Jacobo”, -le dijo el coyote. “Si, lo sé”, -respondió.

 

FIN.

 


 

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COMENTARIOS

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    Bianca Ruiz hace 2 días

    Tenía mucho que no entraba a leer algo al diario de la República Vic como siempre genial . Atrapante de principio a fin

    Sin duda eres mi favorito de todo maquina

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    Marcela Ruiz hace 2 meses

    ¡Excelente cuento Vic! Me tuviste interesada de principio a fin. Con una redacción tán pulcra que me deslicé por ella con total alegría. Muchas gracias por compartir.

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    Manuel Flores hace 2 meses

    Ay Vicky, me espantaste muy demasiadísimo…